Las verdaderas deudas de los shows en Chile

EL DIAGNÓSTICO ha sido puesto en letra por el Servicio Nacional del Con
sumidor: entre enero y agosto de 2013, el organismo recibió 2.408 reclamos contra las empresas de espectáculos; un aumento de un 105,6% respecto al mismo período de 2012. Y la causa principal (83,8%) apunta al “incumplimiento en las condiciones contratadas”.
“Hasta ahora no se ha estado a la altura de los que los consumidores merecen”, afirma el director del Sernac, Juan José Ossa. Según explica, las demandas de los consumidores se han refinado: hoy el público exige que la calidad del servicio otorgado en un espectáculo sea proporcional al precio que se paga por las entradas. Según Ossa, ítems como el sonido, las luces, la escenografía, la alimentación o los estacionamientos han escalado como una parte fundamental de la experiencia de la música en vivo.
“Son parte de la calidad del servicio que se ofrece. Si se presentan dificultades, los consumidores tienen derecho a reclamar”, afirma. A modo de ejemplo, en el último mes tres eventos revelaron notorias falencias: el festival Frontera, el show de Ennio Morricone y Mike Patton, y Primavera Fauna. El primero recibió a 40 mil personas en el Club Hípico, pero quienes asistieron debieron esperar más de una hora para entrar, hubo un retraso de hasta tres horas en las presentaciones, el audio fue deficiente y la comida se acabó temprano. Los boletos para la cita costaban un promedio de $ 29.000 y $ 60.000. En el segundo caso, la productora cambió los horarios del show el mismo día y quienes se quedaron a ver al ex Faith No More debieron esperar poco más de media hora.
Y en el tercer ejemplo, el estacionamiento de Espacio Broadway -tenía cupo para 1.500 autos- no fue suficiente y muchos debieron quedarse en la caletera. Además, no hubo pantallas de alta definición y el protagonismo sólo quedó en una proyección de forma rectangular situada entre ambos escenarios. Aquí los costos de las localidades oscilaban de $ 50.000 a $ 110.000.
Por otro lado, visitas como Blur, Bruce Springsteen, o estrellas juveniles como Selena Gomez o Jonas Brothers, han carecido de pantallas más vistosas para los seguidores situados en las ubicaciones lejanas. En ese rubro, muchas productoras optan por proyectar la cita en una tela blanca, renunciando a los productos LED, de costo mayor.
“Es evidente que aún hay muchas cosas por mejorar”, apunta Jorge Ramírez, director de la productora Multimúsica y gerente de la Asociación Gremial de Empresas Productoras de Espectáculos. Acota que hay condiciones y gastos anexos que provocan que, muchas veces, los aspectos técnicos y extramusicales se vean damnificados. “Primero, en Chile no existen recintos creados para la música. Luego, la inversión publicitaria es la más baja de Sudamérica. Y en un país que ha crecido económicamente, las tasas y los insumos para hacer eventos -desde hotelería hasta pantallas LED- son más caros que en otros países de Latinoamérica”.
Además, Ramírez dice que la totalidad de los impuestos que pagan los eventos en el país asciende a casi 40%, desglosado en un 19% del IVA, 8% de derechos de autor, entre 2% y 3% por parte de las tarjetas de crédito y un porcentaje de recaudación que va a los recintos ocupados. A eso se agrega el arriendo de los lugares. Según cifras de la industria, los reductos más importantes de la capital han subido sus tarifas: por ejemplo, Movistar Arena ha aumentado ese cobro de $ 5 millones en 2006 a $ 20 millones desde 2012.
Eso sí, hay un asunto clave. Un puñado mayoritario de los grandes conciertos que llega al país se exime del pago de IVA, el impuesto más voluminoso, ya que se acoge a la Ley 825, que permite que los espectáculos que adquieren categoría de evento cultural -cuando tienen apoyo de embajadas o del gobierno- no paguen este gravamen.
Aún así, desde la cancha es difícil vislumbrar los factores tras la ecuación. “Las productoras locales tratan de optimizar sus ganancias y si con eso arriesgan los servicios que ofrecen a su público, están dispuestos a hacerlo”, dice el crítico de música Marcelo Contreras.
Francisco Solís, por ejemplo, compró cuatro entradas VIP para el concierto de Depeche Mode el 2009 en el Club Hípico. “Horrible. Imagínate la plata que gasté, porque fui con mi familia. Con suerte le vi el pelo al vocalista, siete horas de espera e ir al baño era un parto. El sonido fue deficiente”, recuerda. Participó de la demanda colectiva que impulsó el fan club, pero hace años que le perdió la vista.
En el ajedrez de justificaciones a la hora de apuntar los traspiés técnicos y de servicio asoma una pregunta básica: ¿son los propios artistas quienes solicitan determinadas características? Juan Pablo Cuadra, histórico productor técnico que trabaja hasta hoy en el circuito y que estuvo en el megaevento pionero de Rod Stewart en 1989, aclara: “ Siempre la propuesta escenográfica será decisión del artista. Cuando hay puestas en escenas más simples, hay un gran ahorro para ambas partes. Por ejemplo, un escenario como el de U2 se debe transportar en barco, con distintos camiones, con un equipo más grande, etc., mientras que para una banda más normal esas exigencias no corren. Mientras más básicas son las escenografías, el costo baja”.
Una visión compartida por Pía Sotomayor, productora de Primavera Fauna: “El viento nos obligó a bajar pantallas y artistas como M.I.A no dejaban subir a camarógrafos al escenario. Sabemos que no es lo óptimo, pero el lugar no da para reunir más autos”. Rodrigo Yuraszeck, director de la empresa Stage, una de las principales proveedoras de pantallas LED, aporta un matiz: “El artista envía sus peticiones y son negociadas por los productores, sobre todo cuando hay exigencias técnicas desmedidas. Hay muchos puntos que dependen de la productora. Por pantalla LED, nuestro cobro es de $ 65.000 el metro cuadrado, por tanto, mientras más grande, más cara”.
A la hora de los paralelos, los espectáculos que hoy aterrizan en Santiago son casi los mismos que giran en Europa o EE.UU. De algún modo, la austeridad es una opción cada vez más global, aunque tiene su talón de Aquiles: cuatro de los eventos más rentables de 2012 (Madonna, Roger Waters, Cirque du Soleil y Coldplay) son instancias cruzadas por su espectacularidad. De algún modo, el público sigue deslumbrándose con la pirotecnia bajo los focos. “Pero acá siguen ocurriendo torpezas que no se comprenden. Los accesos son lentos. Los atrasos son imperdonables y las medidas de evacuación, inexistentes. Ha habido suerte, pero si por ejemplo en un concierto como el de Black Sabbath hubiese pasado algo, ahí ocurre una tragedia”, concluye Contreras.

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