Blur revive los días de britpop en sólido debut en Santiago

El libreto de la música en vivo establece que los grandes himnos, esos que son cantados como plegarias por estadios completos, se reservan para el epílogo, para el adiós en alto de la banda de turno. El libreto de Blur dicta otra cosa: anoche, en su primera vez en el país, ante 25 mil personas que llegaron hasta la Pista Atlética del Estadio Nacional, el conjunto abrió fuegos con su mayor éxito global, Girls & Boys, quizás para cerrar de inmediato una espera que tardó 14 años -cuando cancelaron su aterrizaje debido a la detención de Pinochet en Londres- y timbrar su estatus como la última gran institución del britpop que aún no pasaba por Santiago, luego de las venidas de Oasis, Pulp, Suede y hasta Ian Brown.
Eso sí, como esos encuentros que aguardan por años, devorados por el nervio y la ansiedad, el grupo se hizo esperar: salió recién cerca de las 21.50 horas, 20 minutos después del horario oficial. Mientras el cantante Damon Albarn apareció con jeans, chaqueta de mezclilla y zapatos café, en un look que resumía toda esa facha adolescente que perpetuó el pop inglés de los 90 (aparte de mostrar un cartel que exigía la libertad de Frank Heweston, activista de Greenpeace detenido en Rusia), uno de sus compañeros, el bajista Alex James, prendió un cigarrillo y se sacó la chaqueta, demostrando quizás que siempre fue el que más disfrutó su militancia en el grupo.
Tras el golpe inicial vino otra pieza cargada de simbolismo, Popscene, el tema que de algún modo inauguró el britpop en el ya lejano 1992, para luego rematar en otra canción de juventud, There´s no other way, ya con Albarn desplegando otra de las huellas del show: su relación directa con el respetable, paseándose cerca de las primeras filas, palmoteando varias manos desesperadas y alzando la bandera chilena.
Un público transversal que, por momentos, hizo veLa escena fue aún más categórica con una sucesión de hits que incluyó Beetlebum, Out of time, Coffee & Tv, Country House, Parklife, una épica Tender y el costado más experimental, que sirvió para moderar el agite, de Trimm Trabb. En el saldo, todos felices.
r el recinto casi como la previa de un especial brit en la discoteca Blondie: con melenas bien cuidadas, lentes de marco grueso, zapatillas de caña alta y poleras que iban de The Stone Roses hasta The Smiths y The Beatles.
Igual que con Beck, el telonero estelar que apareció cerca de las 20 horas. Si Blur guardaba el placer de la primera vez, lo del californiano responde al cliché de la revancha: su debut en el país en 2007, también como número de apertura (esa vez de The Police), aún despierta bostezos y la sensación de un músico adormecido en cierto carácter experimental e intimista. Anoche, el cantautor sepultó de un plumazo los fantasmas. De hecho, casi para que no quedaran dudas, abrió con el hit Devil’s haircut, para luego enlazar Black Tambourine, demostrando su robusta fusión de pop, electrónica, funk y hip hop.
Fue la saga de todo su show: vestido de negro y con sombrero, afianzado en una impecable banda -donde brilla el bajista Justin Meldal-Johnsen-, Beck demostró su clase para hermanar groove con elegancia, distorsión y hasta la sutileza de un par  
De solos de armónica. De hecho, el mismo músico que hace seis años protagonizó uno de los espectáculos más deslucidos que ha pasado por la capital, esta vez hasta se atrevió a imitar a Michel Jackson en una personal versión de Billie Jean.
De su propia cosecha desplegó Qué onda güero, Loser y Where it’s at, mezclando fraseo en clave rap con ademanes de pastor que domina a las masas. Las mismas que anoche declararon satisfacción máxima.

VIDEO DEL CONCIERTO



BECK
   

 BLUR

 

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